lunes, 4 de febrero de 2008

LA MAR DE VIVO

LA MAR DE VIVO

Lo lloré de vivo hace cinco semanas. Leí, por la razón que fuera, felicitaciones de Navidad que mandaron a Juan Carlos amigos, colegas, alumnos, residentes del Colegio Mayor. Había tantas y tan sinceras ganas de transmitirle vida que acabé en lágrimas. Queríamos a Juan Carlos vivo, aunque fuera lejos. Ahora lo queremos, incluso muerto.

Juan Carlos hizo cambiar mi percepción de los gordos, por los que tenía manía. Me parecía que lo eran por comellones, una forma del vicio. Él era un gordo risueño y no pedía perdón por ello. Pensé al principio que Juan Carlos pertenecía a la subespecie de corazón-con-patas. Buenísimo corazón y buenas patas, nonada sedentario amorfo.

Evoco su careto. Te miraba muy bien cuando te acercabas a pedirle o consultarle algo, él era casi siempre el director; ojos escuchadores, acogida leal, apostillaba, algo guasíbiris, con su voz radiofónica. No te marchabas mohíno de dirección aunque tuviera que decir no a tu propuesta.

Noctámbulo, me dicen. Yo no. Se acostaría tarde pero a las siete y pico de la mañana siguiente lo veía haciendo la media hora de oración antes de la Misa en el oratorio del Colegio Mayor. Esta era una de sus claves y no la menor. Misa diaria, media hora de oración por la mañana, media por la tarde.

Tenía mano para la pintura y el diseño. Las servilletas de papel de La Estila (nunca se acaban: debe de haber millones de ellas) las diseñó él. Ahora me sirven para enjugar una lágrima cuando lloro a Juan Carlos de muerto.

Mario Clavel.

No hay comentarios: